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Un Hombre no Comùn

Creado 07.03.2011 04:48:37 | Último cambio 26.09.2012 19:43:37
Napoleòn Bonaparte se encontraba cautivo en la isla de Santa Elena, donde muriò en 1821. Y cierto dìa le comentò a su fiel colaborador, el general Bertrand:


"Escùcheme, Jesucristo no es un hombre. Su nacimiento, la historia de su vida, la profundidad de su doctrina, su evangelio, su imperio, su marcha a travès de los siglos...
todo eso es para mì una maravilla, un misterio inexplicable.
"Alejandro, Cesar, Carlomagno y yo fundamos imperios; pero ¿en què descansan las creaciones de nuestro genio? En la fuerza, Sòlo Jesucristo fundò un imperio sobre el amor,
y en esta misma hora millones de personas morirìan por èl".


Mientras que los grandes guerreros y conquistadores se movieron por el amor al poder, Jesucristo actuò con el poder del amor. Y, en respuesta a su entrega redentora, ¡cuàntos millones de hombres y mujeres le etregan su vida!
Por eso, Napoleòn siguiò diciendo: "Sòlo Cristo ha conseguido conquistar de tal manera la mente y el corazòn de los hombres que para èl no hay barreras de tiempo ni de espacio...
Demanda lo que el filòsofo en vano busca de sus adeptos; el padre, de sus hijos; la esposa, del esposo. Demanda el corazòn... ¡Lo maravilloso es que su demanda es atendida!...

‎"Todos los que sinceramente creen e Cristo experimentan este amor sobrenatural hacia èl; fenòmeno inexplicable, superior a las posibilidades humanas... Esto es lo que màs me sorprende; lo que me hace meditar con frecuencia; lo que me demuestra, fuera de toda duda, la divinidad de Jesucristo".
Napoleòn tuvo que llegar el cautiverio y al desierto para pronunciar estas reflexivas palabras.
La trayectoria de su vida habrìa sido muy diferente si hubiese pensado en Jesùs mientras conquistaba y destruìa arbitrariamente, en busca de una gloria vana y tan pasajera.
Al testimonio de Napoleòn podrìamos añadir muchos otros del mismo tenor; gente que durante toda su vida ignorò a Cristo y hasta se le opuso tenazmente, pero que al fin del camino dieron la vuelta.

Allì està por ejemplo, la actitud de Voltaire (1694-1778), el cèlebre
escritor francès que hizo gala de su agnosticismo. Se esforzò por desprestigiar el cristianismo y a su Fundador. Hasta se animò a predecir que la fe cristiana iba a desaparecer...
Pero en la hora de su muerte Voltaire abandonò su ateìsmo, pidiò perdòn a Dios y exclamò: "¡Cristo! ¡Cristo!" De cuàntas bendiciones se privò este gran incrèdulo, a lo largo de muchos años, por haberse levantado contra la persona de Jesùs. Pudo tener paz, pero no la tuvo. Pudo tener alegrìa, pero tampoco la tuvo. Pudo tener esperanza, pero careciò de ella... Pudo sentirse un hijo de Dios, pero apenas fue hijo de sus propias ideas anticristianas...

Y terminemos esta secciòn recordando las palabras del oficial romano que estuvo frente a Jesùs durante la crucifixiòn. Impresionado por la dignidad de Cristo y por los dichos que pronunciò desde la cruz, el soldado exclamò asì cuando Jesùs expirò: "¡Verdaderamente este hombre era el Hijo de Dios!" (S. Marcos 15:39).
¡Tanto negarlo, y hasta crucificarlo, para reconocer al fin que el Crucificado "era el HIjo de Dios"! ¿Tanta obstinaciòn puede haber en el corazòn humano para que insista en rechazar las evidencias de la divinidad de Jesucristo? Aceptar a Jesùs como el Mesiàs divino nos
asegura la rica bendiciòn que sòlo èl puede dar al creyente. ¡Subraya en tu alma esta hermosa verdad!
(Todavia Existe Esperanza - La esperanza de los siglos. pag. 16 y 17)
 
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